Metales preciosos



Dicen que cuando nuestra abuela está embarazada de nuestra madre, nosotras ya somos una célula que se está gestando ahí.

Soy la cuarta hija mujer, la menor.

Cuando yo nací mi abuela Mercedes Josefa, para su penar por lo visto, no había sido nunca elegida como madrina. Por lo que mi madre María de las Mercedes, que ya había decidido ponerle a mi tercera hermana su nombre y el de su madre; decidió que yo iba a ser la primera y única ahijada de mi abuela. Mi padre se conformó muy bien con ponerme su nombre en femenino que casualmente era el mismo nombre que el de su madre, mi abuela.

Mi madrina y abuela falleció a los cinco años. 
Creo que ahí mismo nació mi fobia a la muerte. 
Cuando yo tenía cinco años mi abuela y madrina se fue y se quedó. 
Vivió con nosotras hasta que murió.

La verdad yo no soy nada buena con los recuerdos, y muy poco me acuerdo de ella.
Sólo me doy cuenta lo tan importante que es, lo siento, no sé.
Sé que Mechi, mi madre, la echa de menos. No porque lo diga, porque para mi madre las palabras son bijouterí, pero lo veo en su mirada. Esa misma mirada brilla y sonríe en esta imagen, que es una mirada en la multitud. Una mirada que es silencio en el bochinche de un festejo.

Yo celebro que esas células se hayan encontrado en el mismo tiempo y en el mismo espacio en algún momento de la galaxia. 

Pienso en el recuerdo más nítido que tengo de mi abuela, que como todos, ni siquiera sé si es real o ficción, o una dialéctica entre sí.
Recuerdo que estábamos sentadas esperando vaya a saber una qué.
Esperábamos una al lado de la otra.
Esperábamos en alguna sala de espera.
Esperábamos juntas.

Esperábamos.
 Yo estaba impaciente como siempre. 
Ella me dijo: “Alejandrina en la vida vas a tener que aprender a tener paciencia”. 

Para mí es una enseñanza sagrada y como todo lo sagrado todavía no lo pude aprehender, con “h”.

Una gema.



Comentarios

  1. Correspondencia de texto enviado por Meli Aramburú -Proyecto Delta-:
    Perdido
    Detente. Los árboles frente a ti y los arbustos a tu lado
    no están perdidos. El lugar donde estás se llama Aquí.
    Y debes tratarlo como a un poderoso desconocido,
    debes pedir permiso para conocerlo y ser conocido.
    El bosque respira. Escucha. Te responde,
    he creado este lugar a tu alrededor,
    si te vas, puedes regresar diciendo Aquí.
    No hay dos árboles iguales para el cuervo.
    No hay dos ramas iguales para el gorrión.
    Si el valor de un árbol o un arbusto se pierde en ti,
    sin duda estás perdido. Detente. El bosque sabe
    dónde estás. Déjale que te encuentre.

    David Russel Wagoner, Travelling Light, Collected and New Poems (1999)

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  2. Ejercicio Taller F y P -Mercedes-: llevar una foto del álbum familiar y escribir producción.

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